La generalización del
uso del concepto de clase social a partir de la obra de Carlos Marx es
transversal a todas las ciencias sociales y constituye un elemento recurrente a
la hora de interpretar la organización de las sociedades en la Historia. Sin
embargo, aunque sus obras están plagadas de análisis de clase, Marx nunca llegó
a abordar una definición sistemática del concepto de clase social, ni siquiera
en el tercer volumen de El Capital presentado bajo el título “Clases”.
Como
explica Erik Olin Wright en su texto de idéntico título , Marx utiliza el
concepto de clase en dos sentidos diferentes: como categoría para la creación
de mapas abstractos de la estructura social o como concepto sobre el que
dibujar mapas coyunturales y concretos de los agentes con capacidad de
intervención en un país y en un momento determinados.
Por
ejemplo, mientras que en las construcciones históricas abstractas, Marx plantea
categorías dicotómicas y enfrentadas (amos y esclavos, señores y siervos,
burguesía y proletariado), en sus aproximaciones a las realidades históricas
situadas, Marx considera la existencia de multiplicidad de clases, con
distintas facciones y fracciones, que se coaligan o mantienen relaciones de
conflicto entre si o para con el Estado. En el caso de la Francia bonapartista,
menciona la existencia de la burguesía, el proletariado, los grandes
terratenientes, la aristocracia financiera, los campesinos, la pequeña
burguesía, la clase media, el lumpen-proletariado, la burguesía industrial y
altos dignatarios.
El
concepto de clase social en Marx se articula, así, en dos dimensiones: unas más
abstracta, genérica y polarizada y otra más concreta, situada y estructurada.
En su devenir histórico, los análisis de clase efectuados en la tradición
marxistas se han llevado a cabo siguiendo este mismo esquema: análisis de clase
en el modo de producción o análisis de los procesos de formación de las clases
y sus relaciones en contextos sociales situados/concretos.
Más
allá de los debates sobre los pronósticos de Marx en relación a la expansión o
constricción de ciertas posiciones de clase en las sociedades europeas, la
potencia de los conceptos de clase y estructura de clases y su utilidad en la
comprensión de lo social han sido tales que ni siquiera los innumerables
ataques a los que se ha visto sometido desde hace más de 70 años han logrado
desterrarlos del campo de la investigación en la práctica totalidad de los
grandes centros de investigación en ciencias sociales del mundo. Nadie se
plantea seriamente la compresión de lo social sin echar mano al concepto de
clase.
A
partir de los años 40 del siglo pasado, una buena parte de los departamentos de
Ciencias Sociales de las grandes universidades norteamericanas orientaron sus
esfuerzos a la tarea de desterrar el uso de los conceptos clase social y
estructura de clases en los campos de la Historia, la Sociología y la Ciencia
Política. La ampliación cuantitativa y cualitativa de las clases medias en las
economías del corazón del sistema-mundo, las mutaciones del capitalismo y los
nuevos pesos asignados a formas de capital no inmediatamente vinculadas a los
medios de producción (capital escolar y capital simbólico) sirvieron como
pretexto para un sinfín de virulentos ataques a los conceptos de clase y
estructura social.
Así
como en los 90s todo el pensamiento conservador trabajó a favor de las tesis
del fin de las ideologías y el fin de la historia, en los 50 y 60, todos los
neoweberinaos trataron de imponer modelos de análisis social basados en dos
nuevas conceptualizaciones: estratificación social y estatus. ¿Por qué? Con
seguridad, el funcionalismo no podía desentenderse tan fácilmente de
conceptualizaciones tan exitosas e intuitivas como las de clase social y estructura
de clase. Por eso, no tuvieron más remedio que sustituirlas por las hoy
desacreditadas y moribundas ideas de estatus, estilo de vida y estratificación
social.
Pero
el cambio no era inocuo ni inocente. La emergencia de las sociedades de las
grandes clases medias en los países situados en el centro de la economía mundo
(EEUU y la reconstruida Europa) estaba intensificando la polarización del
conflicto de clases, pero desplazándolo geográficamente, traspasando las viejas
fronteras nacionales y acentuando la construcción clasista de grandes y nuevas
regiones mundiales. En lo doméstico, el crecimiento de las grandes urbes
registrado a partir de los años 60 en Europa, pero sobre todo en América, se
llevó a cabo mediante grandes segregaciones espaciales que incomunicaran en lo
“funcionalmente posible” las clases sociales susceptibles de enfrentamiento. De
lo que se trataba era de invisibilizar la diferencia y el conflicto a través de
la segregación espacial, ya fuese en la escala urbana o en la mundial. Obviar para
siempre la idea de que la existencia de las clases implica la existencia de un
conflicto entre ellas, obviar la idea de que este conflicto es intrínseco al
sistema capitalista y, por tanto, sólo superable a través de la superación del
sistema mismo.
Las
nociones de estratificación social, estilo de vida y status aspiraban a
explicar las diferencias sociales como el resultado de las elecciones adoptadas
por los individuos a lo largo de sus trayectorias vitales, por más que todas
las investigaciones empíricas, incluidas las más positivistas, desmintiesen
estas tesis. El funcionalismo trató de sustituir el análisis de clases por el
análisis de las funciones de los grupos y estratos y la idea de conflicto por
la de acomodación complementaria. En definitiva, el vuelco teórico
imprescindible para acompañar al Departamento de Estado en la expansión del
nuevo nacionalismo norteamericano de MacArthur (tan segregacionista como
anticomunista).
Más
de medio siglo después, es obvio para todos que el funcionalismo perdió la
batalla. Sin embargo, algunas de las heridas de entonces continúan abiertas,
sangrantes o mal cicatrizadas. El análisis de la nueva estructura de clases en
el sistema-mundo ha sido abordado por muchos autores del centro y de las
periferias. Sin embargo, en Venezuela, desde nuestra perspectiva y desde
nuestra realidad histórica concreta, continúa pendiente la tarea de análisis e
identificación de la distintas clases que actúan como agentes con capacidad de
intervención en el país, el análisis de las relaciones que estas clases
establecen entre si y con el Estado y la elaboración del mapa de clases de este
país.
Desde
la Fundación GIS XXI estamos convencidos de la necesidad de debatir sobre este
tema y esperamos poder contribuir en el diseño del gran proyecto que es la
construcción del Primer gran Mapa de las Clases Sociales en la Venezuela de
este nuevo siglo.

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